Todo parece sobrevolar por encima de la superficie. Como una nube de polvo de oro soplado por los mofletes de un alquimista. Hasta que esa superficie se corta en línea recta, en ángulos geométricos que ordenan el caos informe. Este es el diálogo que se produce en la nueva serie de cuadros y cuadros objetos creada por Laura Benchitrit. Sus obras de mediano formato conjugan la indefinición brumosa del color con el rigor de la línea recta. No es difícil vincular esta pintura a la tradición de la pintura oriental y a sus mediadores occidentales; se distingue de ellos por el gesto diluido en la superficie alternando con otro gesto potente en el grafismo. En su última producción hay cambios significativos, quizá sus últimas incursiones en la técnica del grabado hayan incidido en ello. Aquella brumosa espesura de color, esa que convocaba la atmósfera de un William Turner, aquel haiku cromático que caracterizaba su pintura, se enfrenta hoy a una nueva dimensión espacial que no tiene que ver con el espacio virtual de la representación, sino con la contundencia de lo real. El soporte pictórico, las tablas, se superponen unas a otras en un orden que pueden alternar entre la simetría y la asimetría, o entre una disposición ortogonal y otra más libre. Esta superposición de tablas, esta suma de superficies plantea la acumulación de minúsculos peldaños de una pirámide nunca construida, el cuadro se convierte en un delgado objeto que podría emparentarse con el principio de una maqueta, como las que hicieron los artistas del constructivismo o el suprematismo ruso. Laura le da una peculiar importancia a los espacios intermedios, como en Sombra Secreta, una obra donde el plano que interrumpe la continuidad entre los otros dos adquiere un protagonismo inusitado. No menos significativos son los espacios negativos, la horadación de la superficie del cuadro en formas geométricas poligonales. Estos polígonos (generalmente de cuatro ángulos) recortan las tablas y se convierten en portales a una oscuridad secreta, a un inframundo cromático que el espectador apenas puede adivinar. Estos “huecos” nos recuerdan la importancia del vacío proclamada por Lao Tsé en su Tao Te King: “con arcilla se fabrican las vasijas, pero la utilidad de las vasijas depende de su vacío; para construir una casa hay que hacer puertas y ventanas; y son esas aberturas vacías las que permiten usarla”. Las puertas y ventanas que incorpora Laura a sus obras nos precipitan a una zona metafóricamente infinita, el “detrás del cuadro”, provocando una sensación de secreta curiosidad. La disposición de algunos planos que cubren parcialmente aquellos “huecos” nos predisponen a pensar en un acceso semi escondido, como si nos invitara a pasar, aunque con cierto resquemor.

 

En obras anteriores, Laura nos sumergía en el vientre de una tormenta de color; en esta nueva serie construye un puente entre dos dimensiones bien definidas, entre un universo que se despliega impredeciblemente y una razón que lo ordena con la geometría y la línea recta, un eslabón entre lo visible inmediato y lo invisible adyacente. Los títulos poéticos: Geometría de la luz, Sombra secreta, o Insostenible ligereza confirman esta intención de plantear una realidad un poco incomprensible, casi paradojal entre aquello que es en sí  y esto que podemos percibir.